Mundos íntimos. Cómo aprendí a enfrentar el dolor: mi hijo fue operado del corazón y de la columna al poco tiempo de nacer

Los médicos dijeron que los problemas congénitos de Felipe se consideraban un “accidente de la biología”. Hoy es un adolescente lleno de vida y enfrenta una nueva cirugía con una mirada optimista.

 

En junio de 2002 nace Felipe, mi segundo hijo. Al tercer día, un equipo de médicos se presentó en la sala. Al ver sus rostros, supe enseguida que algo no andaba bien. La información, fría y directa, pegó de lleno y desfiguró nuestra calma. Diagnóstico: cardiopatía congénita. En su corazón, la arteria aorta no nacía en el ventrículo correspondiente y había que operarlo lo antes posible. Marcela, mi mujer, desbordó en llanto, gritaba, decía que era un error. Y efectivamente era un error, pero de la biología.

Luego se presentó otro equipo de médicos con otro diagnóstico, y fue como un duro derechazo mientras nos levantábamos de la lona. Hemivértebras. En la columna, algunas vértebras no llegaron a desarrollarse completamente, y la solución era quirúrgica también. No teníamos consuelo. Como psicólogo me había tocado asistir a padres desesperados, pero esta vez me tocaba a mí, a nosotros. “¿Cómo pudo suceder?”, preguntamos. “Accidentes de la biología”, nos respondieron. Pero nunca llegó la respuesta precisa, o al menos la respuesta que uno precisa. Busqué esa escurridiza razón por todos lados. Y nadie pudo explicarme qué fue lo que pasó mientras Felipe se gestaba.

A la semana le dieron el alta. Regresar a la vida cotidiana sabiendo que nuestro hijo tenía que atravesar distintas cirugías nos puso en un estado de vigilia permanente. Si cambiaba el color de sus labios, o respiraba agitado, debíamos de salir urgente hacia el sanatorio porque era señal de que se estaba complicando la oxigenación. De este modo, se instaló como natural que me sobresaltara en medio de la noche para supervisar que todo estuviera bien. Y largos insomnios donde me quedaba escribiendo ya no acerca de lo que le sucedía a un paciente o a un personaje sino para dialogar con mis propios fantasmas y malestares. Dividido, con ese estado de tensión como fondo, no dejé de atender y jugar con Francisco, nuestro primer hijo, que con apenas tres años tenía que transitar ese doloroso camino con nosotros.

La curación de Felipe implicaba corregir las fallas de la biología. Iniciamos así el peregrinaje por instituciones y especialistas para decidir lo mejor para él. Comprobé que si la vida de uno de mis hijos corre riesgos, soy capaz de cualquier cosa. Cuando la medicina prepaga se opuso a cubrirnos un profesional, el mejor para corregir su patología, argumentando que no estaba en nuestro plan, amenacé con encadenarme en la puerta de la sede central. Y sé que lo hubiese hecho, pero por suerte no fue necesario.

Hubo que operarlo del corazón a los dos meses de nacido. En la previa nos hablaron de estadísticas, de probabilidades, como si fuera la economía del mercado y no la vida de nuestro hijo. Firmé casi sin leer, temblando, la autorización, el consentimiento para la cirugía: innumerables ítems donde nos informaban acerca de los posibles riesgos durante la intervención. De este modo, los médicos se cubrían y yo quedaba al descubierto, enfrentado el horror de las graves complicaciones que podrían desencadenarse durante la cirugía del corazón a cielo (¿o infierno?) abierto.

Me recuerdo caminando lentamente junto a mi mujer, y Felipe en mis brazos, por un largo pasillo que iba enfriándose mientras avanzábamos. Un túnel que no sabíamos a qué conducía. Al final, en la puerta del quirófano, aguardaba una médica. Entregué a mi hijo sin la certeza de lo que vendría después, si regresaría a mis brazos, vivo. Esperamos en familia, con amigos, rodeados de afectos; pero en el fondo me sentía solo, con mi dolor. Me recuerdo en la capillita de la clínica, arrodillado, entregado al misterio de Dios, pidiéndole que lo sane, si de verdad existía y era omnipotente. Mi mirada puesta en Cristo, otro hijo sufriente, con el corazón sangrando también, preguntándose, minutos antes de morir, por qué su padre lo había abandonado. Yo no quería abandonar a mi hijo ni por un segundo, de haber sido posible hubiese estado en el quirófano, acariciándolo. De haber sido posible, lo hubiese reemplazado. “¿Por qué no me pasó a mí?”. “¿Por qué a él, Dios?”, pregunté, y me sigo preguntando.

Al concluir la cirugía, nos citaron en una sala en la que nos darían el primer parte. El cirujano tardó en aparecer, esa fue la espera más dura. No lo compartí con Marcela, pero en mi mente se encimaban mil preguntas dramáticas: “¿Por qué tarda tanto?”. “¿Su corazón habrá resistido?”. Cuando se presentó, se quitó el barbijo, hizo una pausa eterna, y nos anunció que todo había salido bien, pero que las próximas 72 horas serían las determinantes. Y una nueva espera… Más tarde, pudimos ingresar en la terapia. Esa imagen, cada vez que la recuerdo, verlo inerte, conectado a mil cables y monitores, me perturba demasiado. Era mi hijo y a la vez no. Sabía que tenía que hablarle, pero un nudo en la garganta me lo impedía. Luego, cuando me repuse, empecé a hablar. No recuerdo bien qué le dije, pero imagino hoy que las palabras vida y fuerza hijo fueron parte de ese monólogo mínimo.

Al tercer día pedí que su madre pudiera darle el pecho; los médicos dudaban, yo no. Sabía, en lo más íntimo de mi ser, que esa leche materna sería energía vital para su recuperación. Lo justifiqué como padre y como psicólogo. Me hicieron caso y resultó. Felipe fue recuperándose y en unos días regresamos a casa, los cuatro. Francisco tuvo que aceptar no sólo la llegada de un hermanito, sino que además venía con cuidados especiales. Durante varios meses convivió con nuestras angustias y temores. Así fue comprendiendo, con apenas 3 años, las cuestiones fundamentales de la vida, y lo vivido entonces fue cimiento para establecer esa profundidad y sensibilidad que lo define hoy como ser humano.

La segunda operación, la de la columna, incluía otras variables complejas: un bebé de 9 meses, con un corazón recién reparado, y en el hospital Garrahan. Las interminables esperas en el Garrahan fueron mi escuela más dolorosa. Niños con barbijos, con malformaciones, pelados, discapacitados, padres arrasados trazaron en mí una tristeza enorme y preguntas que aún no hallaron respuesta. Quién puede entender el dolor, y más, el de un recién nacido. Quién puede explicarnos las razones por las cuales un bebé debe transitar una enfermedad. En un mundo justo, nadie debería sufrir, menos los niños. Recuerdo a un chiquito con un solo brazo empujando un camioncito. “Juega igual”, pensé y lloré.

Y llegó el día de la operación. De nuevo entregar a mi hijo para que corrijan su columna, el otro error cometido por la biología. Mi mujer había quedado devastada de la vez anterior. Entonces entré solo. Le canté una canción mientras desde la mascarilla actuaba la anestesia. Lo dejé dormido y salí de la habitación. Afuera me esperaban abrazos y palabras de aliento. No recuerdo demasiado, fueron días en los que viví sumido en una atmósfera diferente, ensombrecido. Sí recuerdo que alguien llevó el equipo de mate, y ese recuerdo levanta una sonrisa en medio de la plaza del dolor. Todo salió bien, mucho más rápido que en la cirugía anterior. Nuevamente reencontrarlo dormido, conectado a tubos, sondas y demás aparatos de la medicina.

Esa noche no me pude quedar con ellos, en la terapia permitían una sola compañía y en general eran las madres las que se quedaban, y más si el bebé tomaba el pecho. Me quedé hasta que me echaron. Dormí, mejor dicho pasé la noche en una grada de la capillita del hospital. Lloré, recé y escribí los textos más tristes de mi vida. Transité la noche con el peso del dolor por lo que estaba atravesando mi hijo, sumado los pesares de los otros padres que, desgarrados como yo, rezaban y lloraban por sus hijos. Durante la noche los hospitales son más tristes aún, poblados de sombras y de fantasmas, de llantos y de silencios. Añoraba mi casa, mi cama, mi ritmo “normal”. Como el pecho materno para Felipe luego de la operación, yo deseaba mi cama, mi diario, mi café, mi trabajo, mis libros. A la semana siguiente, los cuatro regresamos a nuestro hogar, y esa fue una medicina sagrada.

La vida parecía encauzarse como se puede encauzar después de tanto dolor: con una delgada tranquilidad, con algo de aprendizaje, y sabiendo que todo equilibro es contingente. Que podés estar cruzando un puente seguro en una tarde apacible y de pronto descubrir que al otro lado alguien va cortando las sogas. Y casi sin darte cuenta comenzás a caer.

Celebramos su primer año con una gran fiesta en un salón. Entramos los cuatro, cada uno con un globo rojo con forma de corazón que, mientras los invitados lloraban y aplaudían, se los entregamos a nuestros padres. De fondo, la canción de Diego Torres Color esperanza, que luego se enganchó con la de Celia Cruz La vida es un carnaval, y por un instante sentimos que las penas se van cantando. Felipe se recuperaba y su fortaleza nos estimulaba. Quedaban otras operaciones, pero celebrábamos la vida, como condición superior.

Mientras tanto regresé a la necesaria rutina, como pude. Retomé el consultorio y la escritura. Avancé en Letra en la sombra, la que sería en el 2008 mi primera novela publicada. Leonor, por entonces mi psicóloga, fue ayudándome a salir del dolor y de la queja, del por qué a mí, para pasar al por qué no a mí. ¿Quién soy yo para que no me sucedan ciertas cosas? Entendí, en la escuela de aquellos días, que todo lo que acontece a nuestro alrededor, para bien o para mal, un día nos puede suceder.

Siguieron dos meses tranquilos, pero no era más que la calma que antecede al huracán. En agosto del 2003, mis suegros, mi cuñada y su pareja, viniendo de Entre Ríos, colisionaron de frente contra otro vehículo. Esta vez el accidente no era de la biología sino de la imprudencia del hombre acelerado. Supongo que por ser psicólogo o por lo que sea, me puse al mando del barco a la deriva. Me comuniqué con la policía de la ruta 14, y más tarde con el hospital municipal. La información, a la distancia, es más escurridiza. Pero fui llegando a la triste verdad. Con el correr de las horas, menos mi cuñada que aún sigue rehabilitándose, murieron todos. Marcela, que aún estaba amamantando a Felipe, y con Francisco, con las demandas lógicas de un niño de 4 años, tenía que velar a sus dos padres juntos mientras su hermana permanecía en coma. Una locura insoportable, una película de terror de director perverso. Cuando pasó el terremoto, descendí de la cima de la desesperación, y con el corazón desgarrado comencé a reconstruir la ciudad de nuestra historia.

Y la vida siguió como sigue la vida cuando los dolores se multiplican como milagros equivocados. ¿Cómo reponerse luego de las operaciones de un hijo, de la muerte de tus suegros y con tu mujer devastada? ¿Cómo sigue la pareja, la familia, la visión que uno tiene del mundo y de la vida después de tanto dolor?

Podría decir que me salvó el amor. Que la familia, estructura hoy en decadencia, resultó fundamental. Que la escritura fue mi modo de rescatarme a mí mismo, de encontrar salidas entre las paredes que oprimían mi existencia.Dos años después, en el 2005, llegó Valentín, nuestro tercer hijo, y otro motivo para ser felices.

Cuando reviso mi pasado no maldigo nada, ni el enojo ni la angustia me han servido para modificar la realidad. Fui transitando el dolor de la mejor manera que pude. Aprendí que en definitiva también somos el resultado de lo que hacemos con aquello que nunca hubiésemos deseado que sucediera. El próximo 8 de julio Felipe debe atravesar una nueva operación en su columna. Y entonces estaremos allí, acompañándolo en su camino de recuperación, con actitud positiva, como siempre.

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Pablo Melicchio es psicólogo y escritor. Trabajó en clínicas y hospitales psiquiátricos, en cárceles de jóvenes y con hombres en situación de calle. Su novela “Letra en la sombra” resultó elegida por el Ministerio de Cultura de la Nación y por el de la Ciudad de Buenos Aires para representar a nuestro país en distintas Ferias del Libro. Además publicó “Las voces de abajo” (traducido al francés), “GPS para orientarnos por el mundo adolescente”, “La mujer pájaro y una modesta eternidad”, “Quinifreud” y “El arte nos puede salvar”. Cuando no atiende o escribe, sale a correr por Castelar, donde vive y donde disfruta cocinar, hacer vino y ocuparse de su huerta.

 

 

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