El mecánico de 17 años que se robó dos tazas del auto de un policía y terminó asesinado

Iago Avalos trabajaba en un taller y el 11 de mayo último, junto a un amigo, cometió el robo en Villa Tesei. El subcomisario los persiguió y les disparó, pese a que no tenían armas: está preso.

 

Era un viernes igual a todos los viernes, o a todos los días: Iago Ávalos (17) arreglaba un auto en la vereda de su casa cuando entró y le avisó a su mamá y a sus hermanas que se iba con un amigo a Villa Tesei (Hurlingham), a comprar un repuesto a los comercios de la avenida Vergara. Salió con la ropa sucia que lo caracterizaba. Iba de acompañante. Eran cerca de las 13 del viernes 11 de mayo. Minutos después sus hermanas, su mamá, toda su familia, se enterarían por WhatsApp que Iago estaba herido. Más tarde, moriría.

“Lo que nos cuenta Nicolás, el amigo que manejaba y trabaja en un kiosco, es que en el camino notaron que dos tazas de las ruedas de un auto estaban desajustadas”, cuenta Irina, una de sus hermanas, que es diseñadora gráfica. “Las sacaron y se subieron al auto a las carcajadas, tipo travesura de pendejos…a las ocho cuadras Nicolás se dio cuenta de que un auto los seguía a toda velocidad, y luego los cruzó en una esquina”. El auto era el mismo al que le habían quitado las tazas: un Renault Logan. Nicolás se bajó y le entregó las tazas al conductor, que hasta ese momento, para él, era un civil. “Tomá, flaco”, le dijo. “Acá las tenés: fue una picardía; disculpá”, contó el joven que le dijo a la víctima del robo.

Según su testimonio, ahí nomás Nicolás miró a Iago, notó que quería expresarse y no podía.Estaba herido. El conductor del Logan, a su vez, gritaba: “¡Pendejos de mierda! Me cagaron la vida”. Nicolás no había escuchado los disparos, que retumbaron tanto que hicieron que una directora de una de las escuelas de la zona llamara a la Policía. Tampoco sabía que la luneta de su auto tenía impactos de proyectiles disparados desde atrás.

“Llevame al Posadas (por el hospital) que me muero”, fue lo último que alcanzó a decir Iago. El agresor se negó; les dijo que no lo llevaría a ningún lado. Que en todo caso lo siguieran hasta el hospital más cercano. Pero a los cien metros Nicolás frenó y le pidió a una vecina que llame a una ambulancia. De los nervios, no podía conducir. El hombre seguía insultándolos. Y se volvió a negar a llevarlos a un hospital. El más cercano estaba a diez cuadras.

Minutos después, Iago fallecería. Y Nicolás y la familia de Iago se enterarían que el conductor y asesino era un subcomisario en actividad de la Policía Federal: José Pérez Buscarolo (46), quien trabajaba en la División de Investigaciones Patrimoniales.

En la UFI 6 de Morón, donde está acusado de “homicidio agravado por su condición de miembro de una fuerza de seguridad y uso de arma de fuego”, declaró que disparó de frente, al creer que Iago lo apuntaba con un arma. Pero en el auto que iba el joven Gendarmería no secuestró armas ni herramientas, nada. Además, las marcas de los impactos que quedaron en el auto dicen lo contrario.

Una vecina que fue testigo se acercó a los familiares de Iago, para ofrecerles declarar si la necesitaran. Se quedó con ellos durante la tarde, y hasta presenció el velatorio.

“No voy a parar hasta que te pudras en la cárcel”, escribió Irina, la hermana de Iago, en las redes sociales. “Porque mientras que vos te cagaste en la vida de mi hermano, yo animé el cumpleaños de tu hija y siempre que la tuve en un cumpleaños a cargo, cuidé de ella”.

Paradojas de la vida. Como la familia del policía y la de la víctima son de la misma zona, compartían lugares. En el club donde Iago jugó al fútbol, juega el hijo del agente. Y en el salón infantil donde trabaja la hermana de Iago, la hija del subcomisario había festejado un cumpleaños, y participado de otros.

A las 24 horas del crimen ocurrió algo extraño en las redes sociales: alguien se conectó al perfil de Facebook de Iago. La familia asegura que sólo él tenía su contraseña. Gendarmería y los policías de la comisaría 2° de Villa Tesei negaron haber encontrado el teléfono celular de la víctima. A pesar de que Nicolás asegura que Iago lo tenía en su bolsillo al ser herido.

En su estado se publicó la foto de un niño, dibujado, orinando; en una clara señal de burla. También alguien respondió comentarios de los amigos de Iago en la publicación, que lo insultaban y le preguntaban quién era.

“Cuando nos dijeron que el asesino era policía creímos que se trataba de uno recién egresado, de los nuevos”, comenta Augusto, un allegado a los Ávalos. “Que por inexperiencia y falta de control en las emociones hizo lo que hizo. Hubiera sido menos ilógico. Pero que sea un tipo con un rango tal alto el que mató por un hurto…”, advierte.

“A ese tipo le sacabas dos manzanas del árbol de la puerta de su casa y también te mataba”, interrumpe y dice Rolando, el papá de Iago. Se para y regresa a los segundos, con algo de ropa sucia, llena de grasa. Y agrega, mientras la muestra: “Mi hijo volvía del colegio y se ponía esta ropa. No es un delincuente; es laburador. Si le hacían una autopsia lo único que le iban a encontrar era grasa. Vivía sucio de tanto laburar. Yo lo llevaba a trabajar conmigo, y sabía instalar aires acondicionados, y plomería y albañilería. Era muy capaz. No tenía antecedentes ni entradas a la comisaría. Los policías lo conocían por ser laburante. Lo hubiese detenido y yo me iba a encargar de que no hiciera más eso”.

 

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